martes, octubre 2

Alta Mar, 1811



Alta Mar, 1811

Te escribo esta carta, amada Lupe, con la seguridad de que jamás habrás de leerla, pero aun así siento la necesidad de escribirla. Tengo que hacerlo.  Sé también que puedes adivinar lo que escribo, como yo también lo hago con tus innumerables cartas que no he leído desde que salí de Buenos Aires. Cada párrafo tuyo es para mí como un camino que hube recorrido y disfrutado mil veces. Sé cuándo me contarás de nuestro Marianito y la escuela, de los asuntos de mi estudio,  y de tu pena, amor mío, tan grande como este ancho mar que ahora me rodea.

Para escribirte me  hago un espacio entre mi trabajo en la traducción de El Joven Anacharsis, que ya debe ser declarada inconclusa, y las curas de mi hermano Manuel. El pobre me ha atendido tanto que ya no tengo vida con que pagarle. Además le pedí que te cuidara mucho, y también a Marianito.

Ahora estoy en la cubierta, el aire fresco de la mañana me hace bien pero seca la tinta tan rápido….. Aquí siento una brisa que se enreda con la solapa de mi chaqueta y sacude las invisibles hojas en las que escribo. Parece cómplice del mecimiento de este barco. Como si quisiera molestar o intentar robarme las palabras. No la dejo, le ordeno que se ocupe de henchir las velas y mover este cascarón, que ya está maldito. Sin vientos, me siento atrapado aquí, en alta mar. Yo, el decidido, el que conoce el beneficio de un rigor oportuno, el malvado Robespierre al que no le tembló el pulso para reprimir a Liniers, a Concha y todos sus seguidores.  Yo, el jacobino extremista, termino en el medio de ningún lado. ¿Por qué tuvimos que cambiar de barco? ¿Por qué no haber seguido con el Misletoe? Acá todo está condenado, amor mío.  Todo se ha convertido en algo furtivo, al igual que el viento: los marineros, el capitán de mirada torva que me dio los cuatro gramos de emético, y hasta nuestra  revolución. 

Anoche tuve una pesadilla. Estaba en un banquete junto a hombres ilustres de la ciudad.  Entonces alguien me vendó los ojos, como cuando jugábamos al gallito ciego. Los tenía tapados, pero igual veía a todos: al Deán Funes, al Capitán Duarte -totalmente borracho-  y a Chiclana que reían a carcajadas mientras yo intentaba tocarlos. Se desvanecían y luego volvían a aparecer,  riéndose  cada vez más y más fuerte. Mis brazos continuaron estirándose inútilmente hasta que me di vuelta,  vi un telón de teatro que se abrió, y allí mismo apareció Saavedra. Él no reía. Algo me decía, pero yo no escuchaba. Vestido con uniforme de gala, me hablaba una y otra vez, hasta que de pronto me dio la espalda y todo se tiñó de oscuro. Me despertó un dolor agudo en mi abdomen y pedí a Manuel un trago de agua. Así estuve, Lupe de mi corazón, toda la noche hasta que me llevaron a cubierta. Conmigo subieron los felices recuerdos de Chuquisaca, cuando estábamos juntos y yo disfrutaba el brillo de tus ojos negros. Te recuerdo hermosamente, Guadalupe.  En mis manos tengo tu camafeo que me llena de energía, porque te siento cerca. Temo por lo que te pase, por estar en Buenos Aires con esa gente inescrupulosa y traidora. Recuerda bien esa poesía que alguna vez escribí:
Todo en el mundo es vaivén,
Nada tiene firme ser
Y cuando empieza a nacer
empieza a morir un bien.

No la olvides. No confíes en ellos. Si tienes algún problema ve a Manuel, si es que a él mismo no le ocurre nada malo en lo que resta de este infausto viaje. Puedes ir sino al Café de Marcos, allí sí están todos mis verdaderos amigos.

Los dolores son mayores cada vez y casi no puedo respirar. Veo a las nubes blancas mezclándose como en un cuadro con el rostro de Manuel, que me mira desesperado. Le digo que no pida auxilio, que no llame a nadie. Ellos no vendrán a verme morir. 

Las nubes dejaron de ser blancas y no siento la brisa jugar conmigo.
Alguien, no sé quién (pues ya no veo), arrancó tu camafeo de mi mano y lo cambió por un crucifijo. La bandera del imperio me amortaja. Me arrojan al mar, querida Lupe; desciendo lenta pero continuamente.  Vuelvo suave al útero y me llevo una parte de tu cordura. Me deposito en el fondo, donde nada se escucha. Comprendo, ahora, que el dolor de la ausencia no pertenece al tiempo ni a la distancia sino al silencio. Un silencio intacto,  que llega a la Patria con las olas de este mar; devuelvo sin querer esa voz muda que prefieren los traidores y tiranos. ¿Cuántas almas en este piélago de desdichas serán suficientes para aquietar la espada de los opresores? ¿Cuántas mujeres como tú, seguirán día a día preguntándole al mar dónde están sus hombres y sus hijos,  o si alguna vez volverán?

Te escribo, amor mío, seguro y doliente por saber que ésta es la única de todas las cartas que te he enviado, que jamás podrás leer.

Tu amado Mariano.

 Marcelo Monzón (2005)

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