miércoles, febrero 28

Los colores del campión

El cuarenta por ciento del pase es del club para el que juega; un veinte pertenece al club del cual había surgido; un quince lo tiene su representante. El resto es de un grupo inversor en el que participan empresarios, políticos y, también, un directivo de la Asociación del Fútbol. Los domingos a la tarde, cuando sale a la cancha y pisa el pasto, el pibe ríe. Sueña con gambetearse al arquero y hacer el gol.

mam 2006
14:45

Te acercas en el pulso lábil de tus horas
logrando de esta sombra la prueba de mi existencia,
enredada aún en la agónica luz del mediodía.

Oigo la clara gramática de tacos y suelas
que cifran los versos de tu caminar;
me habla de tus puertos y de sus dóciles mares,
me dice si son de arena o asfalto;
si son de roca, tierra o cielo, tal vez.

Fluyes suave, como tramada en hilos de seda
que fecundan a ruiseñores, cerezos y linternas;
a veces etérea en el tímido aroma de la canela,
y otras, imaginada en los vientos de oriente
por las voces de un relato perenne y nostálgico.

Y, muy cerca ya de mí, dejo que creas que no adivino
tu juego oportuno: tus manos cegándome por un instante,
un quién soy, y el melodioso violín de tu risa.
mam

martes, febrero 20

Agua(1)

A la deriva
una voz caligráfica
desafía al mar.

Marcelo Monzón

[1] Para el ángel Guadalupe Moreno(1790-1854). Nació en Chuquisaca. Esposa de Mariano Moreno, a quien le escribió –luego de su partida en enero de 1811- durante cinco meses varias hermosas cartas, sin saber que éste había fallecido en alta mar.
Haiku extraido del libro "Ángeles en diecisiete",
Los seis minutos más bellos de la historia del cine
- Giorgio Agamben-

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería -que es una especie de gallinero- está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetín. La proyección esta empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobe la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en la platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado- no puede amarnos.

(Tomado del libro “Profanaciones”, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires 2005. Publicado en el blog por cortesía de la editorial)