miércoles, octubre 22

R & C (Reseñas y Comentarios II)

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Reseña

Sur, huracán, y después

Sobre "La misma sangre y otros cuentos" de William Goyen

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William Goyen, nacido en Trinity, Texas, en 1922, es un autor poco conocido en Estados Unidos y muy desconocido en el mundo hispanoparlante. La edición en castellano de “La misma sangre y otros cuentos", a cargo de La Compañía, tiene varios méritos: Que nos acerca un autor considerado como uno de los mejores cuentistas norteamericanos de todos los tiempos, según The New York Times; que la edición del libro está muy cuidada (desde el color de la tapa y los detalles de contratapa, hasta la traducción y postfacio de Esther Cross); que nos trae a un escritor que nos permite armar un mejor cuadro acerca de la narrativa norteamericana inscripta en el denominado “gótico sureño”. Digo un mejor cuadro para no decir relativizar el canon narrativo de esa tendencia, o bien para reconocer que Goyen es uno de esos escritores que difícilmente se lo pueda inscribir en vertiente alguna.
Y sí. Parece que el tipo era un raro. Compartía una amistad entrañable con Carson Mc Cullers, pero no tanto su estilo. Tampoco con el de Flannery O´Connor, aunque las situaciones, el clima, y la ubicación geográfica de sus cuentos suelen tener varias coincidencias con el de estas autoras. También fue amigo de Truman Capote, hasta que éste se enojó con Goyen por haber criticado duramente (casi el único en hacerlo, reafirmando esa “rareza” de la que hablamos) “Desayuno en Tiffany´s”.
Esta edición está compuesta por diez cuentos. Suficiente cantidad para mostrarnos el mundo de Goyen. Incomparable como su autor. En ese mundo, tanto lo real como lo irreal conviven en una suerte de tolerancia indiferente; parece no haber relaciones, pero se destaca una tensión constante. Sus personajes también comparten esa tensión, no sólo desde los aspectos raciales o biológicos, si se quiere, (blancos, indios, negros, mestizos, etc.) sino también desde lo cultural: jóvenes, viejos, cowboys, granjeros, migrantes, sedentarios, hombres y mujeres. Todos contribuyendo a mostrar la incomodidad del mundo, aunque nadie se haya dado cuenta todavía. Sus relatos se desarrollan en una cierta estabilidad y después todo se rompe. Es como un caminante que se encuentra a gusto con sus zapatillas nuevas, con un día despejado, pero que a medio camino algo le empieza a molestar: llueve, una piedrita en las zapatillas, o las costuras del calzado o las medias. La incomodidad aparece inexorablemente en los cuentos de Goyen, y lo peor es que uno está en la mitad del recorrido y todo se trastoca. Lo mete a uno en un berenjenal del que no se puede salir ileso. Te interroga ¿te gustó hasta acá?, ¿por qué no seguís? Y el terror –la esencia gótica, diría yo- no es sólo aquél al que están sometidos los personajes. El verdadero terror gótico que propone Goyen es el que siente el lector al ver que sus convenciones y convicciones (morales, religiosas, intelectuales, etc.) empiezan a fallar. Empiezan a “no ser”, a ser fantasmas.
El narrador que te lleva de la mano, al que vas queriendo mientras lees, (es decir que tomás partido) puede convertirse en un ser desagradable para tus registros, y de inmediato se siente la necesidad de soltarle la mano en pleno recorrido. Y en ese punto el lector se arriesga a quedar solitario.
“Si tuviera cien bocas”, es el mejor ejemplo de esta sutileza del autor; también el muy gracioso “Savata, mi hermana rubia”, en el que desnuda las miserias de las sectas religiosas; o en “Puente de música, río de arena”.
Los textos de Goyen tienen otra particularidad. Parecen tener la lógica de los ríos del sur. Fluyen en una dirección, y en un punto se abren en varios brazos y direcciones para luego volver a ser uno solo, al final.
En sus relatos, Goyen introduce la pregunta, y como bien lo marca Esther Cross, “se detiene en medio de las historias para preguntarse cosas del tipo de ¿cómo es posible que haya pasado algo así? o ¿cómo es posible que una persona siga viviendo si sufre tanto? Sus personajes, sus narradores, le hacen esa clase de planteos a la vida. Esas preguntas son la matriz de los cuentos de Goyen, la flecha que los guía al blanco del lector.”
Creo que hay un punto esencial en los cuentos de Goyen, como dicen los expertos en negociación, un turning point”. Comienza con las preguntas o las reflexiones del narrador. A partir de la pregunta, se divide el río en varios brazos, el lector se turba, el terror le hace soltar la mano al narrador, éste puede detenerse a “chupar” un poco de whisky, la incomodidad aparece junto con la angustia (o al revés), llega el huracán, la lluvia, la inundación, el incesto y los encapuchados del Ku-Klux-Klan. Después de todo eso, el agua llega al Golfo, y habremos asistido a algún cambio que registraremos. O no. Tal vez nos quedemos como el personaje de la “Preciada Puerta”: esperando noticias acerca de los dos hombres, uno vivo y otro muerto, que flotaban sobre una puerta hacia la desembocadura del río.