sábado, abril 7

Conceptos I

Desde hoy se inaugura otro espacio en el blog. Se llama "Conceptos" y estará dedicado a brindar o difundir sugerencias, ideas y recomendaciones sobre nuestro oficio de escribir. Empezamos con Hemingway. Acá va.

Conceptos
Ernest Hemingway
  • Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.
  • La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
  • Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como "espléndido, grande, magnífico, suntuoso".
  • Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
  • Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
  • Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias...
  • A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
  • Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

Carver

Aquí va un muy buen cuento de Carver. Pertenece a su libro de cuentos "De qué hablamos cuando hablamos de amor"

Mecánica Popular
Raymond Carver
Aquel día, temprano, el tiempo cambió y la nieve se deshizo y se volvió agua sucia. Delgados regueros de nieve derretida caían de la pequeña ventana -una ventana abierta a la altura del hombro- que daba al traspatio. Por la calle pasaban coches salpicando. Estaba oscureciendo. Pero también oscurecía dentro de la casa. Él estaba en el dormitorio metiendo ropas en una maleta cuando ella apareció en la puerta.
—¡Estoy contenta de que te vayas! ¡Estoy contenta de que te vayas! —gritó—. ¿Me oyes?
Él siguió metiendo sus cosas en la maleta.
—¡Hijo de perra! ¡Estoy contentísima de que te vayas!—.Empezó a llorar—. Ni siquiera te atreves a mirarme a la cara, ¿no es cierto?
Entonces ella vio la fotografía del niño encima de la cama, y la cogió. Él la miró; ella se secó los ojos y se quedó mirándole fijamente, y después dio la vuelta y volvió a la sala.
—Trae eso aquí —le ordenó él.
—Coge tus cosas y lárgate—contestó ella.
Él no respondió. Cerró la maleta, se puso el abrigo, miró a su alrededor antes de apagar la luz. Luego pasó a la sala. Ella estaba en el umbral de la cocina con el niño en los brazos.
—Quiero al niño —dijo él.
—¿Estás loco?
—No, pero quiero al niño. Mandaré a alguien a recoger sus cosas.
—A este niño no lo tocas —le advirtió ella.
El niño se había puesto a llorar, y ella le retiró la manta que le abrigaba la cabeza.
—Oh! Oh! —exclamó ella mirando al niño.
Él avanzó hacia ella.
—¡Por el amor de Dios! —se lamentó ella.
Retrocedió unos pasos hacia el interior de la cocina.
—Quiero el niño.
—¡Fuera de aquí!
Ella se volvió y trató de refugiarse con el niño en un rincón, detrás de la cocina. Pero él les alcanzó. Alargó las manos por encima de la cocina y agarró al niño con fuerza.
—Suéltalo —dijo.
—¡Apártate! ¡Apártate! —gritó ella.
El bebé, congestionado, gritaba. En la pelea tiraron una maceta que colgaba detrás de la cocina. Él la aprisionó contra la pared, tratando de que soltara al niño. Siguió agarrando con fuerza al niño y empujó con todo su peso.
—Suéltalo —repitió.
—No —dijo ella—. Le estás haciendo daño al niño.
—No le estoy haciendo daño.
Por la ventana de la cocina no entraba luz alguna. En la casi oscuridad él trató de abrir los aferrados dedos de ella con una mano, mientras con la otra agarraba al niño, que no paraba de chillar, por un brazo, cerca del hombro. Ella sintió que sus dedos iban a abrirse. Sintió que el bebé se le iba de las manos.
—¡No! —gritó al darse cuenta que sus manos cedían.
Tenía que retener a su bebé. Trató de agarrarle el otro brazo. Logró asirlo por la muñeca y se echó atrás. Pero él no lo soltaba. Él vio que el bebé se le escurría de las manos, y estiró con todas sus fuerzas. Así, la cuestión quedó zanjada.

miércoles, febrero 28

Los colores del campión

El cuarenta por ciento del pase es del club para el que juega; un veinte pertenece al club del cual había surgido; un quince lo tiene su representante. El resto es de un grupo inversor en el que participan empresarios, políticos y, también, un directivo de la Asociación del Fútbol. Los domingos a la tarde, cuando sale a la cancha y pisa el pasto, el pibe ríe. Sueña con gambetearse al arquero y hacer el gol.

mam 2006
14:45

Te acercas en el pulso lábil de tus horas
logrando de esta sombra la prueba de mi existencia,
enredada aún en la agónica luz del mediodía.

Oigo la clara gramática de tacos y suelas
que cifran los versos de tu caminar;
me habla de tus puertos y de sus dóciles mares,
me dice si son de arena o asfalto;
si son de roca, tierra o cielo, tal vez.

Fluyes suave, como tramada en hilos de seda
que fecundan a ruiseñores, cerezos y linternas;
a veces etérea en el tímido aroma de la canela,
y otras, imaginada en los vientos de oriente
por las voces de un relato perenne y nostálgico.

Y, muy cerca ya de mí, dejo que creas que no adivino
tu juego oportuno: tus manos cegándome por un instante,
un quién soy, y el melodioso violín de tu risa.
mam

martes, febrero 20

Agua(1)

A la deriva
una voz caligráfica
desafía al mar.

Marcelo Monzón

[1] Para el ángel Guadalupe Moreno(1790-1854). Nació en Chuquisaca. Esposa de Mariano Moreno, a quien le escribió –luego de su partida en enero de 1811- durante cinco meses varias hermosas cartas, sin saber que éste había fallecido en alta mar.
Haiku extraido del libro "Ángeles en diecisiete",
Los seis minutos más bellos de la historia del cine
- Giorgio Agamben-

Sancho Panza entra en un cine de una ciudad de provincia. Viene buscando a Don Quijote y lo encuentra: está sentado aparte y mira fijamente la pantalla. La sala está casi llena, la galería -que es una especie de gallinero- está completamente ocupada por niños ruidosos. Después de algunos intentos inútiles de alcanzar a Don Quijote, Sancho se sienta de mala gana en la platea, junto a una niña (¿Dulcinea?) que le ofrece un chupetín. La proyección esta empezada, es una película de época, sobre la pantalla corren caballeros armados, de pronto aparece una mujer en peligro. Inmediatamente Don Quijote se pone de pie, desenvaina su espada, se precipita contra la pantalla y sus sablazos empiezan a lacerar la tela. Sobe la pantalla todavía aparecen la mujer y los caballeros, pero el rasgón negro abierto por la espada de Don Quijote se extiende cada vez más, devora implacablemente las imágenes. Al final, de la pantalla ya no queda casi nada, se ve sólo la estructura de madera que la sostenía. El público indignado abandona la sala, pero en el gallinero los niños no paran de animar fanáticamente a Don Quijote. Sólo la niña en la platea lo mira con desaprobación.

¿Qué debemos hacer con nuestras imaginaciones? Amarlas, creerlas a tal punto de tener que destruir, falsificar (este es, quizás el sentido del cine de Orson Welles). Pero cuando, al final, ellas se revelan vacías, incumplidas, cuando muestran la nada de la que están hechas, solamente entonces pagar el precio de su verdad, entender que Dulcinea –a quien hemos salvado- no puede amarnos.

(Tomado del libro “Profanaciones”, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires 2005. Publicado en el blog por cortesía de la editorial)

lunes, enero 29

Preguntas

No comprendo cómo no te duele
el horizonte, casi recto, que te atraviesa,
te suspende entre celestiales y marinos azules.


Insolente me muestras tu risa que
despierta mañanas de vientos salinos
y agita el terciopelo de las noches.

Me pregunto cómo este sol, testigo de
mi elegía, no lastima tu alma alada.
No sé de tiempos, lo juro, por eso me lo pregunto.

Será que al hundirte en el océano de mundos,
ebria de banderas, te aprestas a huir, cobra coral.
Será que no quiero verte querida por la muerte

Y, tal vez, al final de tu viaje, savia cabal,
yacida como un poema escrito en la arena,
preguntes por qué no me duele el horizonte.

mam
2005

domingo, julio 16

Por Amor a la Palabra es un espacio dedicado enteramente a la escritura, a lo que nos une. Aquí tus ojos recorrerán de izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, en un destino férreo, el campo extenso y poblado con los más diversos colores que significa la palabra escrita. Es curioso, tal vez, que podamos disfrutarlo -casi como un rito pagano- en un medio gobernado por la imagen, como lo es Internet; pero aquí está, y quedan todos invitados a compartirlo.MAM